Nuestros ojos se cruzaron cuando entre en el vagón. Iba triste, y eso se me notaba. No dejabas de mirarme fijamente. Intente abstraerme de ti, no mirarte, pero cada pocos segundos mis ojos traicioneros se dirigían hacia ti. Y siempre estabas mirándome.
Abrí el libro, con la esperanza de sumergirme en su lectura. Pero mi tristeza y el recuerdo de tus ojos no me dejaba concentrarme.
Finalmente, di la batalla por perdida y te mire. Tu me mirabas. Y sonreíste. Y finalmente, mi boca imito a la tuya y sonreí. En ese momento te levantaste y antes de dejar el vagón dejaste una nota en mi regazo.
"Tienes una sonrisa preciosa. No la escondas nunca más"
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